«Cómo no fotografiar la luna» es un relato de mi última salida para fotografiar la luna llena. Y es que en la fotografía, como en la vida, unas veces se gana y otras se aprende.
Hay crepúsculos en los que uno sale al campo a fotografiar la luna llena y vuelve a casa con unas fotografías estupendas. Y luego están esos otros crepúsculos en los que la luna juega al escondite, el paisaje se confabula contra ti y acabas fotografiando la primera birria que se te pone a tiro. Esta es la historia de uno de esos crepúsculos.
EL CASTILLO PERDIDO
Dos días atrás, con la luna llena anunciada en todo su esplendor, preparé los bártulos y salí dispuesto a conseguir una de esas fotografías que justifican las horas de frío, las largas trasnochadas más solo que Pablo Casado frente a Ayuso y los recurrentes ataques a mi cuenta corriente. La fotografía es una afición tan entretenida como cara.
Mi idea era fotografiar el castillo de Guadamur recortado contra el disco lunar. Un castillo medieval, una luna enorme y yo detrás de la cámara la víspera de mi cumpleaños. ¿Qué podía salir mal? Pues todo.
Llegué al lugar elegido, situado a 3,7 km de mi objetivo, la distancia exacta para que el diámetro de la luna coincidiera con la anchura del castillo. Monté el equipo, consulté la posición de la luna y empecé a buscar el encuadre perfecto. La luna aún no se veía, pero estaba a punto de salir por el lugar esperado, según la app que utilizo para estos menesteres. Yo también estaba donde debía, pero el castillo, sin embargo, no se veía por ninguna parte.
Escruté el horizonte escrupulosamente con prismáticos en busca de algo parecido a una almena, pero fué inútil. Aquel edificio, que llevaba siglos sobreviviendo a asedios, guerras y cambios de propietarios, había decidido permanecer oculto tras la orografía, ajeno por completo a mis intereses artísticos.
¿Y qué había fallado? Pues, como en todo fracaso o accidente, varias cosas. En primer lugar, una limitación técnica: la planificación se hace sobre un plano en dos dimensiones. Si se hiciera sobre un modelo en 3D, habría visto que el relieve se interponía entre mi punto de disparo y mi objetivo. En segundo lugar un fallo humano: para paliar esa limitación técnica suelo acercarme el día antes al lugar, para asegurarme de que es posible hacer la foto, y en esa ocasión no lo había hecho.
PUY DE FOU

Pero yo no soy de rendirme a la primera. Soy fotógrafo de naturaleza, una especie acostumbrada a esperar horas para que un pájaro se pose donde debe, a soportar temperaturas extremas y a regresar a casa con trescientas fotografías de una rama vacía. La perseverancia forma parte de nuestro ADN.
Así que busqué una alternativa. Enfrente tenía las instalaciones de Puy du Fou. No era exactamente el castillo de Guadamur, pero tampoco íbamos a ponernos exquisitos a estas alturas. Con un poco de imaginación, una luna bien colocada y un encuadre digno, aquello podía quedar espectacular.

Me moví. Busqué otro punto. Ajusté mentalmente la composición, calculé dónde debía situarse la luna y hacia dónde tenía que desplazarme para alinear los elementos.
Y entonces apareció el valle del arroyo de Guajaraz. Un valle profundo, precioso, de esos que en otras circunstancias habría fotografiado encantado. El problema era que, al desplazarme para conseguir la alineación lunar, el terreno descendía hacia el arroyo y las instalaciones de Puy du Fou desaparecían detrás del relieve.
Si veía el parque, la luna no quedaba donde quería. Si alineaba la luna, el parque se esfumaba. Y si encontraba un punto desde el que parecía que todo encajaba, bastaba dar dos pasos para que el escarpado monte mediterráneo se interpusiera entre mis planes y la realidad.

Aquello empezaba a parecer una cita a ciegas con alguien que, cada vez que llegaba al restaurante, se cambiaba de local.
La luna, mientras tanto, continuaba su recorrido con una serenidad insultante. Seguía elevándose sobre el horizonte tras unas exiguas nubes altas que no conseguían ocultarla; más bien al contrario, dibujaban un aura brillante a su alrededor que le conferían cierta sacralidad. Pero sin asomo de piedad, ni un pequeño retraso que me diera margen, ni un ligero atisbo de solidaridad astronómica. Allí estaba, con su voluptuosa redondez y su luminoso amarillo, altiva e implacable, perfectamente colocada para recordarme que el universo no tiene ninguna obligación de colaborar con mis proyectos fotográficos.

Finalmente, tuve que aceptar que había perdido la batalla. Busqué una composición con la luna sobre el monte mediterráneo y disparé.
La fotografía no estaba mal; de hecho, era bastante bonita, pero no era «esa» fotografía.

Y los fotógrafos sabemos que una cosa es conseguir una buena imagen y otra muy distinta conseguir la imagen que llevas toda la tarde imaginando. La primera te alegra; la segunda te obsesiona. Y cuando no llega, te deja una especie de vacío creativo difícil de explicar a quien no se ha pasado una hora moviendo el trípode cientos de metros arriba y abajo para descubrir que el horizonte sigue empeñado en estar donde no debe.
UNA HUMILDE CASA
Miré la altura de la luna, ya quedaban pocos minutos para que pudiera alinearla con algún motivo. Entonces vislumbré una casa con la que podría conseguir una composición decente. No era el motivo que había venido a buscar, pero, a esas alturas, mi orgullo fotográfico necesitaba algún tipo de reparación.
Me eché al hombro a toda prisa trípode y cámara y salí disparado hacia allí. Corrí monte a través, con esa urgencia tan característica del fotógrafo que sabe que la luz no espera y que, por algún motivo inexplicable, siempre descubre la localización perfecta cuando ya no tiene tiempo de llegar. La luna seguía ascendiendo, ajena a mi desesperación. Yo, en cambio, empezaba a experimentar una mezcla de ansiedad, sudor y pensamientos poco amables hacia la orografía toledana.
Cuando por fin vi la luna encima de la casa, desplegué el trípode y busqué el encuadre. La casa estaba allí, la luna también y, esta vez, nada se interponía entre ambas.
Monté la cámara, ajusté los parámetros y disparé. ¡Por fin! Una casa bajo la luna llena.

No era el castillo de Guadamur. Tampoco eran las instalaciones de Puy du Fou. No había conseguido la fotografía que había planeado, ni la que había perseguido durante buena parte del crepúsculo, pero tenía una imagen. Una fotografía que, con un poco de suerte, podría enseñar sin necesidad de tener que explicar las complicadas relaciones entre la luna, el relieve y mi falta de fortuna.
Guardé el equipo con la satisfacción discreta de quien acaba de evitar volver a casa con las manos completamente vacías y me consolé pensando que lo importante es volver con algo, aunque sea solo con una historia.
Al final, después de intentar fotografiar un castillo, negociar con un parque temático y discutir silenciosamente con la orografía de la zona, terminé delante de una casa. Una casa normal y corriente que, muy probablemente, nunca había imaginado que alguien pudiera relacionarla con la luna y menos aún con cualquier inspiración artística.
Porque hay noches en las que la luna llena ilumina el paisaje, despierta la inspiración y te regala fotografías memorables. Pero hay otras en las que lo único que consigue iluminar es tu fracaso… Eso sí, con una luz preciosa.
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